Aparcando a los abuelos

Por motivos económicos, sentimentales, culturales, de salud, familiares, o por cualquier otro motivo, muchas veces las personas mayores se tienen que quedar en casa de los hijos, pero estos, en muchos casos, no pueden hacer frente a su cuidado las 24 horas del día, por la razón que sea: trabajo, un simple descanso, etc, etc.
Obviamente, los mayores que son dependientes no pueden quedarse a menudo solos durante un intervalo de tiempo medianamente largo, siendo la solución más común la contratación de algún asistente para que les haga compañía, algo loable y costoso.
Como en cualquier profesión, nos encontramos a trabajadores muy buenos y dedicados a su desempeño y también, por desgracia, a quienes están más preocupados por la hora de salir y cobrar sus euros que al realizar sus tareas, siendo, en profesiones como ésta, algo bastante deleznable por su parte ya que afecta muy mucho a esas personas mayores a las que tiene que acompañar y, en mayor o menor medida, cuidar. Es decir, afecta y perjudica a un ser humano.

Ayer tuve dos visiones (no, no se me apareció nadie, fueron reales) un tanto preocupantes. En ambas el mismo tipo de persona como protagonista: un anciano en silla de ruedas.
La primera fue en un supermercado. Nada más entrar, justo detrás de los detectores, allí se encontraba, cual perro esperando dentro del coche a su dueño que ha aparcado en doble fila mientras hace su compra. Al menos, eso sí, lo dejó apartadico para no molestar a los consumidores que entraran o salieran de la tienda, qué considerado.
La segunda no sé si me ha impactado más por el hecho de que he llegado a vero al conductor del vehículo. Una señora mayor, en silla de ruedas, dejada, y repito, literalmente dejada en medio de la acera entre sol y sombra a la puerta de un locutorio donde la chica, obviamente no de la familia, salía con un paquete de chicles, al parecer recién comprados. Sí, probablemente el tiempo que la mujer estuvo “aparcada” en medio de la acera (pero en medio, en medio) fuera muy corto, pero el gesto es repugnante. Sinceramente, sólo con haber entrado con la señora dentro del locutorio, o simplemente con haberse acercado hasta la misma puerta con ella y pedido el paquete de chicles sin más (el mostrador estaba al ladico de la misma puerta de entrada), esta anécdota tan triste habría pasado desapercibida, ya que no habría habido nada que percibir.

Son dos hechos cuyas consecuencias sean, con casi total seguridad nulas. Los ancianos ni se enterarían de lo que estaba pasando, a la familia (ojo que igual en el primer caso podía ser un familiar, aunque lo dudo mucho) se le aplica el ojos que no ven, corazón que no siente, y los trabajadores/”cuidadores”… bueno, esos siguen cobrando.
Lo triste es que son cosas que pasan todos los días, y no sólo por la calle, sino también en hospitales, residencias, y en cualquier lugar donde una persona con pocos escrúpulos acepte el trabajo de cuidar o hacer compañía a una persona mayor.

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~ por inzivilizado en marzo 27, 2012.

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